Acuerdate de soltar el vaso

Un psicólogo en una sesión grupal levantó un vaso de agua, todo el mundo esperaba la típica pregunta: ¿Está medio lleno o medio vacío? Sin embargo, preguntó:

– ¿Cuánto pesa este vaso?
Las respuestas variaron entre 200 y 250 gramos.
El psicólogo respondió: “El peso absoluto no es importante, depende de cuánto tiempo lo sostengo.
Si lo sostengo 1 minuto, no es problema, si lo sostengo una hora, me dolerá el brazo, si lo sostengo 1 día, mi brazo se entumecerá y paralizará.
El peso del vaso no cambia, pero cuanto más tiempo lo sujeto, más pesado, más difícil de soportar se vuelve.”

Y continuó: “Las preocupaciones son como el vaso de agua.
Si piensas en ellas un rato, no pasa nada.
Si piensas un poco más empiezan a doler y si piensas en ellas todo el día, acabas sintiéndote paralizado, incapaz de hacer nada.”

Acuérdate de soltar el vaso ¡¡¡

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El plantador de dátiles

En un oasis escondido entre lejanos paisajes del desierto se encontraba el viejo Elihau de rodillas junto a unas palmeras datileras. Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis para que sus camellos abrevaran y vio a Eliahu sudando mientras parecía escarbar en la arena. -¿Qué tal, anciano? La paz sea contigo. -Y contigo -contestó Elialiu sin dejar su tarea. -¿Qué haces aquí, con este calor y esa pala en las manos? -Estoy sembrando —contestó el viejo. -¿Qué siembras aquí, Eliahu? -Dátiles -respondió Elialiu mientras señalaba el palmar a su alrededor. -¡Dátiles! -repitió el recién llegado. Y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez del mundo con comprensión-.

-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor. -No, debo terminar la siembra. Luego, si quieres, beberemos… -Dime, amigo. ¿Cuántos años tienes? -No sé… Sesenta, setenta, ochenta… No sé… Lo he olvidado. Pero eso, ¿qué importa? Mira, amigo. Las datileras tardan más de cincuenta años en crecer, y sólo cuando se convierten en palmeras adultas están en condiciones de dar frutos. Yo no te estoy deseando el mal, y lo sabes. Ojalá vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente podrás llegar a cosechar algo de lo que hoy estás sembrando. Deja eso y ven conmigo. -Mira, Hakim. Yo he comido los dátiles que sembró otro, otro que tampoco soñó con comer esos dátiles. Yo siembro hoy para que otros puedan comer mañana los dátiles que estoy plantando… Y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.

-Me has dado una gran lección, Eliahu. Déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me has dado -y, diciendo esto, Hakim puso en la mano del viejo una bolsa de cuero. -Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto, y sin embargo, fijate, todavía no he acabado de sembrar y ya he cosechado una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo. -Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy, y quizás es más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas. -Y a veces pasa esto –siguió el anciano. Y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar y, antes de terminar de sembrar coseché no sólo una, sino dos veces. -Ya basta, viejo. No sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que toda mi fortuna no sea suficiente para pagarte

Mensajeros

El enfado, la tristeza, el miedo o las circunstancias adversas no son enemigos: son mensajeros de tu yo profundo.
No puedes enfrentarte a ellos sin enfrentarte a ti. No puedes ignorarles sin ignorar tu propia esencia.
Respira y cuando estés preparad@ para escuchar su mensaje pregúntales que han venido a decirte. Hazlo con respeto y agradecimiento.
Si les permites decir lo que han venido a decir y reconoces su valor en tu vida suavemente se irán trasformando hasta convertirse en la solución de tus problemas.
Que tengas un feliz presente.

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